Mi corazón sin ti



Las puertas se cerraron delante de mis narices y perdí el metro. Nada podría ya evitar ese día que yo llegara tarde a mi destino. El vagón se tornó velocidad y aire ante mi cara, antes de desaparecer por el oscuro túnel. Después, reinó el silencio. Y era extraño, porque en el andén aún quedaban muchas personas. Supongo que a esas horas de la mañana es lo normal y, por mucha gente que haya a tu alrededor, el silencio poderoso flota como una manta cálida que se agradece.

Cerré los ojos y respiré hondo para tragarme la impaciencia. ¿Cuánto tardaría el próximo tren? Al abrirlos, el tiempo se paralizó con un golpe seco y empezó a retroceder. Quién sabe si fue por motivo de alguna extraña brujería o por algún eclipse lunar que volvió mágico lo vulgar. Quién sabe por qué la vida gira de pronto y, en ese revés, arrastra el tiempo consigo transportándote imperiosamente al pasado. Quién sabe por qué de pronto todo el universo se detiene, suspendido en un frágil hilo de conciencia, y te quedas sola en un andén mirando al frente, a lo único que no se ha difuminado en ese intervalo de tiempo robado del infinito.

Sí, yo miraba tu cara. Un rostro familiar, lejano e imposible.

Había perdido aquel rostro hacía ya mucho tiempo, demasiado como para que tu mirada, de la que fui desterrada en el pasado sin vacilaciones, pudiera mostrar otra cosa que no fuera sorpresa. Pero a través del breve espacio que nos separaba, pude sentir tus ojos contemplándome, al igual que yo a ellos, con el sabor de la nostalgia.

Tus labios dibujaron mi nombre en el aire, pero no llegaron a pronunciarlo. Mi mano, en un amago que fue valientemente controlado, quiso extenderse hacia ti, reclamándote. Se abrió en mi pecho la puerta que sólo ante ti consentía ceder y vi tu alma -lo sé, sé que la vi- volar por encima de las vías acercándose a mí. Mas cuando aquel bello espíritu de dimensiones pasadas, lleno hasta desbordar de los sentimientos vividos antaño, se posó sobre el suelo a centímetros de mí, un ruido de cristales rotos atravesó nuestras conciencias.

Giró entonces aquella esencia del ayer alrededor de mí, en vertiginosa espiral, haciendo palpitar mis sienes. No habían sido cristales rotos. Lo comprendí al profundizar en aquellos ojos lejanos, al intuir de pronto algunas certezas de la vida: su vulnerabilidad, sus dones perecederos, su indiscutible mortalidad. El aire se impregnó del aroma de las oportunidades perdidas y, segundos antes de que llegase otro tren, supe que habían sido oportunidades desaprovechadas.

Toneladas de acero se interpusieron de nuevo entre tú y yo. Y cuando el tren arrancó y continuó su camino, comprobé que el andén de enfrente había quedado vacío. No quedaba rastro de ti y nada me aseguraba que, en realidad, todo aquello no hubiese sido más que un sueño.

No fueron cristales rotos... Fue una frase que pude sentir como una dentellada salvaje en el centro del pecho: nunca más. No. No fueron cristales rotos... fue el sonido que salió de mi corazón al comprender que a partir de ese momento, tendría que seguir latiendo sin ti.

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