viernes, 12 de marzo de 2010

Cruce de Miradas


Una sombra de pasado que arrasa el iris y conmociona la respiración. Las pupilas se dilatan, buscándote en lo imposible. Porque no puedes ser tú. Y, sin embargo, al levantar la vista, sin duda tú, ya presentido segundos antes, apenas unas décimas de tiempo que al recordar y saborearlas, pueden transcurrir tan lentas como lo desee el alma. Siento el cuchillo de todos los quizás que han rondado mi mente durante tantos años al descubrir tus ojos descubriéndome a su vez.

Dile al corazón que detenga el galope al que se lanza. Dile a las piedras que endurecen las miradas que se derritan brevemente, que nos dejen ver al otro por entero, tal y como cada uno es. O tal y como nos soñamos.

Nos acercamos atraídos por un imán oculto en el pecho, los besos de cortesía parecen tan fríos… Y las ganas de hablar no dejan salir a la superficie los verdaderos sentimientos. Tampoco hay tiempo para que suceda; para que el cielo se vuelva morado y la luz se difumine en extrañas mezclas de colores que sintonicen con nuestro estado de ánimo.

Hablamos. Nuestras bocas se mueven pero no estamos escuchando. Yo, al menos, aunque intento recopilar toda la información posible, no logro enfocar nada. Me da vueltas, el mundo. Qué decir, qué frase precisa más las emociones encontradas de improviso, el mal disimulado entusiasmo de la suerte y la coincidencia. No hay tiempo. No hay nada.

La despedida es amigable y superficial. Y en el último segundo, una mano que agarra un brazo cariñosamente y trasmite mucho más que un simple adiós. Un calor, un recuerdo, una promesa aún mantenida, débilmente, pero al fin y al cabo, indisoluble en el tiempo.

Hasta el próximo cruce de miradas.

lunes, 8 de marzo de 2010

Un relato antiguo


Hace casi diez años, me presenté a un concurso de relatos que organizó la revista QUÉ LEER junto con la firma ROCHAS. En dicho relato, cómo no, debía aparecer el perfume Eau de Rochas. Finalmente, mi relato resultó elegido entre otros para formar parte de un libro que publicó Ediciones Cardeñoso en Abril de 2001. Aquí tenéis la portada del libro que conservo con muchísimo cariño y os dejo el relato. Se titula Querida Ondina, espero que os guste.

QUERIDA ONDINA

Comenzaré contando lo que ocurrió dos noches antes. Antes de que encontráramos un cuerpo adolescente revelándose como un espanto entre unas sábanas blancas, en los dormitorios de las alumnas. Un cuerpo roto, con la cabeza girada hasta una posición imposible.

Es en una noche en la que no puedo dormir. Miro atontado el baile lento de los visillos de la ventana entreabierta, mientras pienso en ser algo distinto a lo que soy. Entonces escucho un ruido. Oigo el pomo de la puerta de mi habitación y al instante se abre dejando paso a una sombra: una silueta de mujer que avanza decidida hasta mi cama.

Qué veneno tienen las cosas prohibidas, que por más que las sabemos intocables nos empeñamos en transgredir siempre las normas. Siempre el ir más allá de la razón y la lógica es más atractivo. Siempre el no querer conocer las consecuencias es más cómodo que tener que luchar contra la conciencia.

Ella se acerca a mi cama en una noche de luna llena que me permite distinguir que es hermosa, sin llegar a reconocerla. Llega desnuda, y el imaginarla caminando por los pasillos de la escuela descalza, desnuda, osada, me lleva a creer que no es un ser real… que alguna ondina procedente de los sueños ha venido a visitarme.

Entonces me toca. Una mano helada acaricia mi pecho con infinita ternura. Se inclina hacia mí y posa sus labios sobre los míos, en un beso que significa que la persona, el cuerpo, la voluntad que llega a mí desde la noche, me pertenecen por completo.
Su olor se introduce en mis sentidos aturdiendo, aún más si cabe, mis percepciones, ya de por sí adulteradas por la acción clandestina de la muchacha. Porque sin duda, a esas alturas yo puedo intuir que se trata de una de mis alumnas. Y ese hecho confiere a la escena una excitación añadida… una expectación desmesurada.

Huele a perfume de flores. Agua de rosas que mitifica su cuerpo grácil y delgado. Ya no es una niña a la que yo pueda imaginar estudiando, con la cabeza metida entre los libros. El aroma que destila le confiere la elegancia de los sueños más deseados, la divinidad de las leyendas con esencia de mujer. Y me embriaga. Quiero unirme a ella en la noche, en miles de noches venideras, sorber la gloría de ese cuerpo bañado en pasión, saber de cada unas de sus moléculas, cada uno de sus pensamientos. Conocer el por qué de la suavidad de su cabello, la explicación a esa piel lechosa que es capaz de exhalar el perfume del amor…

Con un movimiento ágil se coloca sobre mi cuerpo que ya la anhela hasta el dolor físico. Toma mis manos y las lleva hasta sus pechos que están encendidos… –Siénteme… –susurra.
Aprieto tiernamente la carne que me ofrece con tan descarada generosidad. Siento crecer el deseo hasta confundirlo con la fragancia de las rosas que le habitan en el jardín de los ojos, en la voluptuosidad de unas curvas nacidas, hechas, recreadas en una noche de luna que se cuela en compases de tres por cuatro a través de los visillos blancos.
Me incorporo con la mujer sobre mí –ahora sí, mujer, nunca más muchacha, nunca más chiquilla, joven, estudiante, adolescente, niña, chica, alumna, cría, colegiala, neófita, primeriza, discípula- y la abrazo inesperada y tiernamente. La suavidad de su piel desnuda quema la yema de mis dedos, el tacto de mi abrazo.
Ya mis entrañas rugen por la premura de poseerla. Ni un solo pensamiento destinado a descubrir quién es. Por qué es. Sólo el deseo que me lleva más allá del deseo, que me vuelve salvaje y energúmeno. ¿Cuándo se te ofrece una ninfa en mitad de la noche? ¿Cuándo un cuerpo tibio y con aroma de flores quiebra la paz de una noche de luna para que lo enarboles como símbolo del amor?

Amor carnal. Amor sensual en el que se rinde culto a otro cuerpo, amor desesperado cubierto de sudor, amor que exhala rosas vestidas de besos, jadeos, amor que reafirma las moléculas del sexo, amor inconmensurable al penetrar en el otro cuerpo en una lucha infinita contra la precariedad de la condición humana, contra la vulnerabilidad de las vidas que se escapan por las bocas enredadas, contra la innegable y dolorosa condición mortal de dos cuerpos febriles que bailan en la noche, abrazados.

A través del otro, en el otro, nos encontramos y hallamos una pequeña parte de inmortalidad. Hombre y mujer… Abrazado a ella, me vuelvo loco porque su boca sabe a vino y suena una guitarra española que me hace sentir extrañamente vivo.

Amanezco solo en el silencio de una habitación que, horas antes, ha sido una vasija informe donde dos seres maceraron el amor hasta que se derramó más allá de la cama y la rendija de la puerta. Por dos veces, durante la noche, la celadora de la residencia se detuvo a escuchar, extrañada supongo, los sonidos animales que nos sacábamos el uno al otro de la garganta. Y la imagino sacudiendo la cabeza, confusa, al no poder descubrir el enigma que custodiaba la puerta del dormitorio de un profesor –de haber sido el de la alumna hubiese sido distinto, hubiese irrumpido fieramente con el puño levantado ostentando el poder de la autoridad para poner orden a tan descabellada imagen: la de dos cuerpos retozando, gruñendo, sacudiéndose de sí el indecible tedio de ser monótonos y unidades independientes–.

Nada más dejar mi habitación comienzo la búsqueda. Todo aquello que ignoré en la noche ahora me atormenta de un modo insistente y angustioso. Busco en los pasillos del internado el cuerpo que amé en mi dormitorio, pero la imaginación ha trastocado la posibilidad de la realidad. Si acaso me cruzo con la mujer que retuve en mis brazos durante horas no sabré, seguramente, diferenciarla de las jóvenes que corretean de aula en aula, que se susurran secretos y deseos al oído, que me observan divertidas ante el estupor que me embarga.
¿Puede ser la muchacha que he sacado a la pizarra para resolver un problema? Puede ser. ¿O tal vez sea aquella que bebe agua de la fuente mientras se sujeta el pelo con la mano? Tal vez. La celadora me mira con gesto hostil e interrogante desde el otro extremo del pasillo… Está esperando algún paso en falso que le revele lo que hubo dentro de mi habitación. Para juzgarme. Para sentenciarme.

La hora de la comida me sorprende en mi despacho, desanimado por no haber hallado a la ondina de mis sueños. Elevo una súplica mental, una petición de auxilio que, milagrosamente, es escuchada y atendida de inmediato. Unos nudillos golpean la puerta y tras mi permiso, una alumna vestida de uniforme se cuela en mi despacho.
–Perdone, profesor… ¿puedo hablar unos minutos con usted?
Sé que es ella. Una ella convertida, disfrazada de colegiala. La observo subirse las medias que le llegan hasta la rodilla y me enternezco cuando se coloca las gafas de pasta con un gesto pueril, heredado de la costumbre. Me observa con unos ojos verdes que poco a poco y ante mi estupor, se vuelven indiferentes y secos. Me taladran desde detrás de los cristales de las gafas.
–Lo de anoche… –comienza a decir, muy quedo– no se repetirá nunca.
Supongo que ella supone que sé quién es. Que la he reconocido. Supone bien.
–Fuiste tú la que vino a mí –me defiendo, sintiéndome traicionado.
–Sí, es cierto… Pero estuvo mal. Sólo quería probar y ahora que lo conozco, esperaré hasta que me haga un poco más mayor.
Dicho lo cual se levanta y me deja con la palabra en la boca, sin poder replicar a su cortante actitud. Quiero preguntarle… ¿dónde está todo aquel amor? ¿Dónde, la pasión extrema, la desconcertante reverberación del impulso animal?
Al irse, ha dejado flotando en el aire de mi despacho la fragancia de rosas que me está consumiendo el alma. ¿Dónde ha ido a parar toda la tibieza, todo el ardor que destiló aquel aroma en la noche?

Me acerco hasta la ventana y desde allí espío los movimientos de mi ondina, que ha salido al patio a reunirse con sus compañeras. La observo acercarse a un grupo de muchachas… son las componentes de la Hermandad de la escuela para señoritas Santa Cecilia. Al verla llegar se ríen y la abrazan. Le dan la mano, como si la estuvieran felicitando por algo. Le colocan una banda azul turquesa y una a una van besándola en la boca… Es su saludo de bienvenida.
Y al fin mi mente se ilumina. He sido una prueba. Todo el amor… Toda la pasión… Mentiras. ¿Cómo pueden mentir las ondinas? Las veo allí abajo, burlándose. Todos esos cuerpos tibios y tiernos bajo los uniformes escolares, ostentando un poder inconmensurable.
Sigo oliendo las rosas. Sigo viendo la sombra en la noche, la mujer amante. No puede haber sido aquella muchacha… No puede haber mutilado el amor de forma tan cruel. Aspiro fuerte el aroma que aún me envuelve y mi cuerpo necesitado toma vida…
De pronto, todo se ha vuelto de color rojo.

Han encontrado el cadáver de una estudiante en su dormitorio, en su propia cama. Alguien le ha partido el cuello. Parece una muñeca rota y cuando la he visto, a mí también se me ha roto el alma. ¿Quién puede haber cometido semejante crimen? Es casi tan cruel como reírse despiadadamente del amor y burlarse de un corazón ajeno.
No recuerdo el momento en que me avisaron. Y las horas transcurridas desde que ella dejó mi despacho son una sucesión de lagunas mentales y temporales en las que nada está claro. Sólo recuerdo una botella de whisky. Recuerdo una angustia inconsolable.
Y que yo estaba enamorado de ella.
El dolor es tan fuerte ante la visión del delgado cuerpo exangüe, que tengo que retirarme a mi cuarto para que nadie me vea llorar. La celadora sigue observándome con interés, ceñuda. Al menos he conseguido llevarme el pequeño frasco de cristal sin que nadie se percate de ello. Es sólo un recuerdo, algo que la estudiante guardaba en una de sus estanterías y que ya no echará de menos.

Ya en mi habitación, me echo sobre la cama abrazado al pequeño frasco de perfume. Eau de Rochas. Bebo su fragancia una vez más recordando su cuerpo. Tal vez la esencia de este aroma me traiga en noches futuras la visión increíble del amor… o la fortuna de ser visitado nuevamente por una mujer de cuerpo tibio, totalmente entregada a la pasión.

Y, si llegase a ocurrir, tal vez no tenga que apretar su cuello hasta sacarle de dentro esa esencia que me embruja y me domina.

martes, 2 de marzo de 2010

Un Premio


Mi blog ha sido premiado por mi compañera de fatigas literarias Pilar Cabero. ¡Muchas gracias, Pilar! Y tras el premio, tengo que contaros siete cosas acerca de mí y premiar a otos siete blog. Allá va:

1-Tengo el presentimiento de que no conseguiré acabar de escribir jamás una novela romántica. Intento luchar contra esa sensación, pero por ahora no voy ganando.

2-Cuando escribo, necesito tener a mano un vaso de zumo o de acuarius. No sé por qué, inventarme historias me da muchísima sed.

3-Me emociono muy fácilmente. Una vez (estaba embaraza) lloré con un anuncio de galletas. Aquel en el que un niño se ve desplazado por la llegada de un nuevo bebé y parece que nadie le hace caso.

4-No soporto que la gente no devuelva los libros que les prestas.

5-Mis hijas son el mejor regalo que me ha dado la vida.

6-Aunque parezca una estupidez, mis sueños literarios (los más persistentes a lo largo de mi vida) se han empezado a cumplir después de que mi madre me regalara "El Secreto". ¿Casualidad? No lo creo. No, después de haberme leído el libro.

7-Sigo pensando que aún me queda mucho por hacer. Cada día me parece que estoy en la línea de salida y tengo por delante un número ilimitado de metas por alcanzar. Espero poder conseguir al menos unas cuantas...

Y los siete blog a los que premio, cómo no, son algunos de los que aparecen en la columna de la derecha, porque lógicamente son los que más visito.

-Erika Gael
-Jodida y Contenta
-Ana Iturgaiz
-Angeles Ibirica
-Helena NC
-Olivia Ardey
-Pilar Cabero