lunes, 13 de febrero de 2012

Un Relato para San Valentín

Vamos a recordarnos un momento. Déjame pensarte, en un minuto prohibido, y describir el color de tus lágrimas cuando descubrimos que nuestro tiempo era finito. Porque debemos ser sinceros: antes no lo sabíamos. Tú te creías invencible y yo, tal vez, llena de arrogancia y pretensión, inmortal. No podemos culparnos. Todos nos hemos sentido alguna vez así. Todos. Damos por sentado que tenemos tiempo, que sobran oportunidades y olvidamos que el futuro es un lujo. Lo es, ¿verdad? Un lujo. Y lo aprendimos cayendo por un precipicio de realidad, tras una sola palabra que pronunciaste abriendo la herida más eterna: adiós.

Miré tus ojos aquella última vez… Y llegó un dolor punzante, frío, irrespirable. Y un ahogo que me subía desde alguna parte de la región del corazón hasta la garganta. Y un sol que entonces era maldito. Y llegaba una canción de telenovela venezolana desde algún lugar lejano, que resultó ser una burla de lo más apropiado para ese momento que vivimos. Y hubo una pared aporreada, y un orgullo doblegado, y una dignidad inexistente.

Pero, déjame recordarte una vez más antes de aquello. Si es que puedo, evocar una de tus mejores sonrisas, o el tacto de una mano en los pechos juveniles, pequeños, absurdos, de delicada caricia y oscuras intenciones… Si puedo, recordar el parque, mi alergia, el polen, y aquella clase de inglés a la que nunca asistimos (porque tus manos estaban destinadas aquella tarde a esconderse bajo mi camiseta de algodón roja para jugar con los pezones de niña). Déjame evocar aquellas horas tibias, cuando me emborrachaste de felicidad y el mundo se redujo a un solo punto pequeño, fugaz e intenso, como la vida misma, en el fondo de aquellos mares que tú decías eran tus ojos.

Si pudiera pasearme de nuevo por tu pelo, o encallarme en las enormes manos que siempre quisieron ir más allá de las murallas de piel que flanqueaban la puerta de la vida. Si pudiera poner sabor a todos los besos que se extinguieron mucho antes incluso de pensarlos… Y sé que no puedo. Que sólo existe el recuerdo. Por eso, amigo, vamos a recordarnos un momento, y a rescatar de la nada las imágenes gastadas, irrepetibles.